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El poder de los terremotos

By 20/04/2021abril 24th, 2021Columnas de opinión
Terremoto tecnologico

En la mañana del 1º de noviembre de 1775 Lisboa amaneció de golpe. El pueblo portugués, eminentemente católico, estaba sumergido en las distintas iglesias que se encuentran en la ciudad capital del imperio, celebrando el Día de Todos los Santos. Sin embargo, la fiesta duró poco. Entre las 9.30 y 9.40, la ciudad fue sacudida por un terremoto de 8,4 grados en la escala Richter, que cobró la vida de alrededor de 100 mil lisboetas. Pero, como si todo esto no fuera suficiente, el gran terremoto de Lisboa tuvo otra gran víctima: el optimismo de una generación de iluministas europeos. Que el Día de Todos los Santos un opulento Imperio cristiano fuera sacudido por semejante catástrofe natural resultaba sumamente difícil de explicar en las mentes de los filósofos racionales del siglo XVIII.  ¿Realmente era posible decir que el mundo iba mejor a la vista de semejante catástrofe?

Probablemente la explicación de la ira divina hubiera enganchado muy bien con el esquema de pensamiento del siglo XIII o XIV, pero en este caso, figuras como Immanuel Kant, Descartes o Voltaire quedaron profundamente shockeadas por el fenómeno. A tal punto que el filósofo Theodor Adorno llegó a compararlo con el Holocausto, por su gran impacto en la cultura y el pensamiento europeo. No es casual que tan solo cuatro años después del terremoto Voltaire publicara su famoso Cándido, una obra satírica que critica el optimismo de pensadores como Leibniz, donde cada vez que el protagonista sufre una desgracia (son muchas y muy variadas), vuelve la misma frase: “Todo sucede para bien. Vivimos en el mejor de los mundos posibles”.

La pregunta entonces es: ¿Las condiciones materiales de vida de la sociedad europea del siglo XVIII cambiaron drásticamente entre el 1º y el 2 de noviembre de 1755? Podríamos afirmar que, salvando a los portugueses que sufrieron en carne propia las consecuencias del terremoto, no hubo grandes variaciones. De hecho, Europa estaba entrando en plena Primera Revolución Industrial, que, en términos de prosperidad material y abundancia, iba a ser un cambio altamente positivo. Sin embargo, la percepción de muchos grandes pensadores no acompañó este progreso. El terremoto de Lisboa hizo que muchos perdieran la fe en el progreso indefinido de la humanidad y comenzarán a ver el futuro –y consecuentemente el presente– como algo peligroso e impredecible.

Como vemos, las percepciones son casi tan fuertes como los terremotos. Casi 300 años después del gran terremoto, la humanidad continúa en una encrucijada similar. Un dilema entre concentrarnos en lo que percibimos a nuestro alrededor o los movimientos de fondo, vistos en perspectiva.

La generación que creció a principios del siglo XX tenía muchas menos pretensiones que los humanos del siglo XXI. La canasta básica de entonces consistía, para la mayoría de la gente de clase media, en una humilde casa, comida, salud, y poco más. Hoy, sin embargo, son parte de nuestra hipercanasta básica un teléfono inteligente, con una buena cámara, Spotify Premium, Netflix, cambiarnos el guardarropa prácticamente todos los años, y, entre otras cosas, está científicamente comprobado que los likes liberan dopaminas, que cada vez se vuelven más adictivas y necesarias. Los necesitamos.

Resulta difícil pedirle a alguien que acaba de perder a un familiar, o su empleo, o tiene problemas para pagar la hipoteca, que se compare con un campesino del siglo XIV que perdió a toda su familia en la peste, o con un minero asturiano de principios del siglo XX que tras curarse de la gripe española tuvo que vivir los horrores de la Guerra Civil. Y todo eso sin poder quejarse en Twitter ni subir historias a Instagram. La humanidad podrá estar materialmente en su mejor momento, pero las percepciones continuarán jugando un papel destacado en nuestra visión del presente y especialmente del futuro.

¿Será el covid-19 nuestro terremoto de Lisboa?

 

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